domingo, 30 de mayo de 2010

Emilio García Prieto



Ayer, sábado 29, fue un día completo de sol y de amistad. Los amigos le ofrecimos a Emilio una comida por su jubilación. Emilio García Prieto tiene una larga historia de compromiso con la libertad y la educación. Por luchar por la libertad una vez en una calle de Madrid le pegaron ocho tiros. Se salvó de milagro, una bala le rozó en la cabeza pero sólo le hizo una pitera. Los asesinos no sabían que hay cabezas tan duras como firmes los principios que transportan. La educación ha sido su vida, empezó en Tánger y apostó por ella por el mundo. Ha tenido siempre empeño en que los estudiantes viajen y conozcan; y coherente, hasta en eso, disfruta de un amor de bandera como ejemplo.

Que nada ha sido en vano, se vio ayer en la casa de Rosa y Pepe. Rodeado de amigos, Emilio propuso un brindis por la educación. Y convencidos y agradecidos, Tomasa, Paco, Cristina,  Daniel, Francesc, Bene, Marcial… le secundaron, le secundamos, con entusiasmo.

Luego, por la noche, un concierto de música africana en el Paraninfo de la Complutense. Un día completito, ya digo.

jueves, 27 de mayo de 2010

El Daiquiri de Téllez


Hay libros que se leen, e inmediatamente se les queda agradecido. Raramente se trata a su autor, pero cuando eso pasa, a veces, uno, quien sea, dice, cuánto mejor no haberlo conocido. No siempre. El otro día Alejandro Luque escribía en Estado Crítico sobre Juan José Téllez y la importancia de Daiquiri. Uno también recuerda aquel libro y la duda cuando una noche de verano anticipado hizo propicia la presencia de Téllez. Era Rabat, las ruinas de Chellah, un concierto de jazz y la brisa correteando continuamente por entre las palabras.

Luego, el uno dijo, qué cortos se quedan, incluso, algunos poemas como este

Ninfas

Sobre la piel, cerezas,
meandros del paisaje,
la meseta mansa,
una mano tan fuerte.

El esturión cruza
en catarata el rápido
sobre el desfiladero
de sus Pechos Rocosos.

O medias negras, uñas
encarnadas, los faunos
brindan sobre la barra,
dientes al sol tendidos.

He aquí el Monasterio
en el Sur. Estas puertas
se abrieron para mí
en la noche propicia.

martes, 25 de mayo de 2010

Cumpleaños en La Buena Vida

Mañana en La Buena Vida-Café del Libro hay fiesta de cumpleaños. Dicen que lo van a celebrar juntas cuatro editoriales: Ediciones Escalera, Tropo Editores, Nevsky Prospects y Editorial Salto de página. Si es así, a lo mejor, efectivamente, es una buena ocasión para tomarse un vinito, oír hablar de libros, saber quiénes son esos locos que están detrás de estos proyectos; en fin, puede que sea verdad eso de que en España se edita bien y, entonces, habrá que celebrarlo.

lunes, 24 de mayo de 2010

Efemérides de un nombre sonoro


Hay escritores que uno los recuerda sobre todo por su nombre. Son nombres sonoros, redondos, irreprochables. Muchas veces son también escritores renombrados y mal leídos. Uno de esos escritores con nombre sonoro y mal leído murió un día como hoy, 24 de mayo, pero de 1919, en Montevideo, tenía  cuarenta y ocho años y se llamaba Amado Nervo.

Amado Nervo, el poeta de Méjico, nació en Tepic en 1870 y vivió en París. Allí compartió piso con Rubén Darío en un edificio de Montmartre en el que, dicen, también vivía Francisca Sánchez, la hija del jardinero del Campo del Moro, amiga de Rubén y a quien Nervo, que la enseñó a leer, llamaba “la princesa Paca”, y otra mocita a la que Nervo había conocido una tarde en una calle de París. Era el París de los ismos y la vida bohemia. Luego Nervo se instaló en Madrid con credencial de diplomático. Llevó una intensa actividad social y literaria, y también doble vida. Según consta en el registro, a aquella muchacha que había conocido en una calle de París la inscribió como su hija, y así vivieron varios años; pero un día a la muchacha le entró fiebre, era tifoidea y duró tres semanas.  La muerte de su amante, Ana Cecilia Dailliez, sumió al poeta en una profunda desolación de la que salió La amada inmóvil, probablemente el libro más triste y conocido de Nervo. De ese libro es este poema, Me besaba mucho, que escribió el 4 de mayo de 1912


Me besaba mucho; como si temiera
irse muy temprano... Su cariño era
inquieto, nervioso.
                          Yo no comprendía
tan febril premura. Mi intención grosera
nunca vio muy lejos...
                                  ¡Ella presentía!
Ella presentía que era corto el plazo,
que la vela herida por el latigazo
del viento, aguardaba ya..., y en su ansiedad
quería dejarme su alma en cada abrazo,
poner en sus besos una eternidad.

El poeta de Méjico y del amor murió envuelto en una inmensa popularidad ese otro 24 de mayo de 1919.

Pero la obra de Nervo, como otras, ha envejecido mal. Hoy, para una gran mayoría, Amado Nervo es sólo otro discípulo de Rubén, un poeta tierno y sensiblero. Un nombre sonoro que no era seudónimo.

La crítica coincide en señalar el poema A Kempis de su libro Místicas (México, 1898) como lo mejor de su obra.

Ha muchos años que busco el yermo,
ha muchos años que vivo triste,
ha muchos años que estoy enfermo,
¡y es por el libro que tú escribiste!

¡Oh Kempis, antes de leerte amaba
la luz, las vegas, el mar Océano;
mas tú dijiste que todo acaba,
que todo muere, que todo es vano!

Antes, llevado de mis antojos,
besé los labios que al beso invitan,
las rubias trenzas, los grandes ojos,
¡sin acordarme que se marchitan!

Mas como afirman doctores graves,
que tú, maestro, citas y nombras,
que el hombre pasa como las naves,
como las nubes, como las sombras...

huyo de todo terreno lazo,
ningún cariño mi mente alegra,
y con tu libro bajo del brazo
voy recorriendo la noche negra...

¡Oh Kempis, Kempis, asceta yermo,
pálido asceta, qué mal me hiciste!
¡Ha muchos años que estoy enfermo,
y es por el libro que tú escribiste!

domingo, 23 de mayo de 2010

Siluetas


Hay mentiras pequeñas que no valen para los días de verano. Les quedan cortas y no te hacen el avío. Una de esas mentiritas que a mí me salvan muchas tardes de domingo es la del atasco. Salir pronto para que no nos coja. Pero como también los atascos se retrasan en verano, ahora ya no puedo escuchar Siluetas los domingos por la tarde. Adiós coartada. El verde de debajo de la encina visto fugazmente mientras se escucha preguntar a Manuel Ventero fue hoy sólo una añoranza. Ojalá que cuando vuelva el otoño siga Siluetas, los domingos de tres a cuatro, el programa de RNE en el que el periodista Manuel Ventero charla en profundidad, esto es, dejando hablar, con gente de la cultura, de la creación, del espectáculo.

viernes, 21 de mayo de 2010

Días gratos


Hay días gratos que se presentan así, por sorpresa, vienen para corrientes y acaban reclamándote su cuota de recuerdo. El jueves de ayer, por ejemplo.  Un paseo por el centro, con los cuerpos ya de primavera, y una grata comida conversada. Fue en La Musa, en Manuela Malasaña 18, es uno de esos sitios en Madrid a los que uno le encuentra su puntito.

Luego, bajada la cuesta pija, en el Salón General, estaba Sá-Carneiro,

Sugestión

Las compañeras que no tuve,
siento que lloran por mí, veladas,
al ponerse el Sol, por los jardines…
En su pesar azul vive
mi dolor de manos enlutadas
sobre satén…

Sugestão

As companheiras que não tive
As companheiras que não tive,
Sinto-as chorar por mim, veladas,
Ao pôr do Sol, pelos jardins...
Na sua mágoa azul revive
A minha dor de mãos finadas
Sobre setins... 


(Traducción de Alberto Virella)

miércoles, 19 de mayo de 2010

Edoardo Sanguineti


 
Hoy, en el obituario de El País, Miguel Mora informa de la muerte de Edoardo Sanguineti. Nació en Génova en 1930 y fue, para muchos, el poeta más representativo de la poesía italiana de vanguardia. Pero fue muchas más cosas, agitador cultural, polemista (que se lo digan a Berlusconi), traductor, profesor universitario, etc. Miguel Mora dice que quienes le conocieron lo definieron como un histrión agudo, muy docto y muy capaz de pellizcar al lector-espectador. Y en la La Repubblica como "Tranquilo, cómico, burlón, provocador, ecléctico, irónico, pirotécnico y elegante”.

Alguien contó que en los setenta era un autor de culto, y citó Vanguardia, Ideología y Lenguaje, una recopilación de cinco ensayos que publicó en Caracas Monte Ávila Editores en 1969 y que en España se leía casi a escondidas. Luego, en 1975, Visor editó Wirrwarr con versión y prólogo de Antonio Colinas, quien dice de él: “La poesía de Sanguinetti siempre ha explicado más que emocionado. Y explica o justifica, enfada o provoca, testimonia o revela con la misma acritud e incertidumbre (…) Lenguaje estridente y machacante, acido, amedrentador, provocador, difuso y confuso, deslumbrante, corrosivo, arrollador de toda “poética” tradicional…

El que sigue es el poema 47, de la segunda parte de Wirrwarr (Reisebilder), imágenes de un viaje, coincide con septiembre de 1971.

ademanera y gozadora, tiene su grácil fama la bella bárbara,
miope y locuaz, brutalmente tatuada-maltratada, la agudísima
conocedora de sicología fisiológica, que de mí se despide
prometiendo (en la lengua de Cervantes) con las cuatro
quintas partes de la huella de un abrazo, carta tras carta:
es el suyo un firme modo de amar a una o dos rodillas.

(Traducción de Antonio Colinas)

Así empieza su novela Il giocco dell’Occa (1967) (es el capitulito 1, y son 111)

Soy yo sin embargo. Estoy en mi gran ataúd. Estoy a oscuras, encerrado. Las voces que se oyen afuera, que llegan hasta aquí, que hablan de mí, para mí, son las voces de las visitas. Con la cara completamente hacia un costado, con gran esfuerzo, veo a algunas de ellas, a algunas de las visitas, por una grieta de la madera, entre uno y otro eje de la pared. Las veo pasar delante de mí, las veo detenerse. Después alguien apoya el ojo en la grieta y se ve que no ve nada. Los personajes están aquí, todos, en el ataúd. Son de madera, como en el tiro al blanco. Hay personajes de los que sólo está la cabeza, que pende del cielo raso, que cuelga. Pero hay personajes que están de cuerpo entero, de tamaño natural, desnudos. Son como sombras espesas, de aproximadamente cinco centímetros. Están en fila, la columna vertebral apoyada en la pared, móvil el cuerpo, completamente de perfil. Si extiendo los dedos rozo a los más próximos, como se rozan las páginas de un libro. Así los reconozco: tocándolos. Toco, por ejemplo, a esa muchacha rosa que está allí no más. La hago volver a mí. Está con la niña bailarina, a la que tiene tomada de la mano. Después le dice a la niña que salga a entretenerse: hale, a jugar, en el corredor, afuera. Oigo los pasos de la niña, que se aleja por el corredor, que salta. Después la muchacha rosa viene a mí, lentamente, de puntillas. Se sienta en el suelo, junto a mí, llorando. Y así, llorando, canta. Canta Mir lauft ein Schauer, que es una vieja canción. Pero mientras tanto, afuera, la niña juega con una pelota. Oigo que la pelota choca en el ataúd; la oigo que cae, que rebota. Oigo, después, que la niña grita. Giro la cara, miro por la grieta. Veo a la niña, veo la pelota, veo pasar a las visitas. Veo, también, los jardines, allá al fondo, con sus avenidas arboladas, con sus pabellones. Con los dedos toco a la muchacha rosa de madera. Siento sus lágrimas: las siento brotar, duras como los duros nudos de la madera. Traducción de Herman Mario Cueva (El juego de la oca, Monte Avila Editores, Caracas, 1969).