jueves, 26 de marzo de 2015

Herberto Helder



Se eu quisesse, enlouquecia. 

Empezaba así, era un día de sol, supongo, en Lisboa, un cuento de Passos em volta, la edición era, creo, de Assirio & Alvin. Sí, era domingo y por la mañana (¿o tal vez era sábado?, en cualquier caso, día de folga), comí con deleite dois pastéis de Belém y un café, curto, se faz favor, y luego por la explanada verde, Praça do Imperio, aquel cuento de Herberto Helder, ¡ese arranque!

Esa misma mañana, es probable, alguna exposición temporal en el CCB, la librería, supongo, tal vez otro café; pero, nada de esto tiene por qué ser cierto, de ese día, únicamente, con exactitud, Se eu quisesse, enlouquecia. 


Hoy, en este otro día frío y feo, leo, obituarios, Sin ruido, como su vida, el pasado martes…

martes, 17 de marzo de 2015

Sobre altura y perversidad


El camino de la historia está salpicado de sangre y hay periodos del pasado que son verdaderos charcos. El de Tiberio, por ejemplo. Tiberio Claudio Nerón, segundo emperador de Roma, hijastro, yerno y sucesor de Augusto y predecesor de Calígula, fue un tipo cruel que se ganó fama de asesino y obsceno. Cuando llegó a Emperador ya era viejo, y se dice que se hizo cargo del imperio con todos los vicios de la edad y un considerable rosario de víctimas a sus espaldas, entre otras, la de su hermano y coheredero Agripa. Además, se cuenta que se quedaba con los bienes de los que mandaba ejecutar y prohibía a sus familiares que expresaran su dolor por ellos. En algún caso, como la ley romana impedía que se estrangulara a las jóvenes vírgenes, exigía al verdugo que primero la violara y luego la estrangulase. Muchos de esos cadáveres fueron arrastrados con un garfio y arrojados por las Gemonias.

Las Escaleras Gemonias, también conocidas como las escaleras de los Suspiros, del Luto o de la Mañana, bajaban desde el monte Palatino hasta el Foro y de allí hasta el río Tibet por donde se per-dían los cadáveres. Era una pendiente de escarmiento y un lugar deshonroso de ejecución. Lo expli-ca Stephen Dando-Collins en La maldición de los Césares: con arreglo a la tradición, los cuerpos de los traidores eran arrojados por las Gemonías, mientras que las cabezas de los hombres y las mujeres sentenciados por crímenes importantes y decapitados por la Guardia Pretoriana, eran expuestos en dichas escaleras, en calidad de prueba, tan sangrienta como indiscutible de que se había cumplido el castigo. 

Tiberio, a quien se le atribuye la sentencia “Los corazones duros se vencen con súplicas blandas”, fue también un tipo disoluto e impúdico. Cuentan que, asegurado el poder en Roma, quiso también asegurarse la vida y se retiró a Capri, la isla de la belleza y el vértigo. Allí, desde el punto más alto de la isla, se dispuso a dominar el imperio. Escribo dominar en vez de gobernar porque, según los historiadores de la antigüedad, Tiberio disfrutó más con el poder que con el gobierno. Se servía de él, también para sus perversiones, de las peores, por lo visto le privaba bañarse desnudo en la Gruta Azul rodeado de niños entrenados en el arte de la felación, que se le metieran entre las piernas como pececillos, darles lengüetazos y muerdecitos. Han pasado muchos años desde entonces, pero sigue dando vértigo la altura de Capri, la escalera Gemonías y la perversión de Tiberio.

No hace tanto tiempo, en lo que hoy es Austria, otro loco con perversiones confusas y ambición desmedida capitaneó una salvajada llamada Mauthausen. También ahí había una escalera, ¿se acuerdan? La de la muerte, los escalones del infierno, les hacían subir a lo alto de la cantera de gra-nito y luego los guardianes les empujaban. 186 peldaños con cincuenta kilos a la espalda y un salto. Dijeron, un muerto por cada losa de peldaño. Por lo oído, los escalones era irregulares y a los sacri-ficados sin piedad, la fatiga, la debilidad y la angustia les hacían tropezar. Está documentado y tam-bién lo contó muchos años después Segundo Espallargas Castro, natural de Albalate del Arzobispo, provincia de Teruel, y apodado Paulino el Boxeador: “Mi estancia en la cantera fue terrible, cada día veía morir a muchos hombres, de cansancio, mordidos por los perros, a palos, aquello era un matadero… Lo peor era el conocido ‘muro del paracaidista’: desde arriba, los SS lanzaban a los judíos y otros deportados, que caían al precipicio y se estrellaban abajo, en la cantera, donde está-bamos nosotros subiendo piedras. Horrible. Había que calcular por dónde podían caer y evitar-los…”.

Pero no nos hagamos ilusiones, esta iniquidad tan abyecta y aberrante no es cosa únicamente del pasado. Estos días estoy leyendo (no resisto las imágenes) que en Siria los yihadistas del IE suben a los homosexuales a las terrazas y desde allí los lanzan vivos para escarmiento y regocijo de los que están abajo. Otra vez la perversidad por las alturas. Por lo visto son muy primitivos, están todavía a vueltas con lo de Sodoma, Gomorra, la salvación de Lot y todo aquello del antiguo testamento. Luego divulgan sus canalladas en internet, pero con cada nuevo vídeo que publican parecen ir un poco más lejos en sadismo y brutalidad; en casi todos, sin embargo, se ve a niños mirando. Debe de ser que forma parte de su reforma educativa. A veces, la multitud, mientras espera abajo el momento de la caída (o en torno a la decapitación, la defenestración, la crucifixión, etc.) grita Alá akbar, Alá es grande.

Tiberio era enemigo acérrimo de las religiones y por eso se cargó, entre otros, a Jesús de Nazaret; el otro tenía fijación con una religión en concreto y por eso durante el Holocausto hizo lo posible para que murieran como mínimo cinco millones de judíos; estos del yihadismo lo llaman guerra santa y por eso cometen todas estas atrocidades en nombre de la religión. Está claro que a todos les inspiran las alturas pero que la perversión no tiene credo. 

Pienso en esto y me acuerdo de lo que dice el joven escritor estadounidense Phil Klay, que luchó durante trece meses como soldado en Irak antes de convertirse en autor de éxito, cuando se le pregunta si la dureza de sus relatos es una respuesta a la locura de la guerra. Suele responder que él no es pacifista, lo argumenta diciendo que la intervención de los Balcanes llevó una solución a un conflicto enquistado, que la Segunda Guerra Mundial sirvió para liberar a Europa, pero advierte que si optamos por la guerra como solución hay que tener claro lo que eso significa. Pues eso.

domingo, 15 de febrero de 2015

Timbuktú

El lunes pasado las autoridades belgas decidieron prolongar el nivel de alerta 3 (en una escala de 4) en el que se encuentra el país por riesgo de amenaza terrorista hasta el próximo 23 de febrero. Eso quiere decir que si ustedes vinieran estos días a Bruselas podrían encontrarse con soldados armados patrullando unas pocas calles y protegiendo algunos edificios. Quizá haya en esta medida cierta conveniencia política, el actual gobierno de Bélgica se asienta sobre una coalición difícil de entender y es sabido que ciertas dosis de miedo en la sociedad vienen bien a los gobierno débiles. Sin embargo, la amenaza del terrorismo yijadista lleva tiempo rondando por la capital de Europa. Hay datos y sentencias que lo confirman, por ejemplo, Bélgica es proporcionalmente el país de Europa con mayor número de yihadistas y la justicia belga acaba de condenar al líder de la organización extremista Sharia4Beligium por considerar probado que reclutó y envió jóvenes a Siria. Hay otro dato que también conviene tener en cuenta. A finales del mes pasado se canceló en la ciudad de Tournai (en la frontera con Francia, 70.000 habitantes) el festival de cine de Ramdan (“el cine que incomoda”) y la razón que dieron las autoridades de Tournai es que se suspendía por “el riesgo particularmente alto de un atentado terrorista”. El motivo de la amenaza, según esas mismas fuentes, era la película Timbuktú, y es precisamente de esa película de la que me gustaría hablarles.


El 30 de julio de 2012 el periodista canario José Naranjo publicó en El País una crónica titulada “Primera lapidación en el norte de Malí”, que empezaba así: “A los primeros golpes, la mujer se desvaneció; el hombre gritó una vez antes de callarse para siempre. Así describe un testigo la muerte por lapidación de una pareja con dos hijos -el más pequeño, de seis meses- cuyo único pecado fue vivir juntos sin casarse”. Y añadía “El suceso ocurrió el domingo en Aguelhok, ante una turba de 200 personas cuidadosamente escogidas por los organizadores de la lapidación”. De esa atrocidad que pudo verse luego en Youtube (ya se sabe que estos fanáticos tienen en la difusión de su barbarie su principal forma de propaganda) arranca una de las películas más serenas, bellas y valientes que he visto sobre este fenómeno tan absurdo y desolador del integrismo religioso, 

Timbuktú es el quinto largometraje de Abderrahmane Sissako, nacido en Mauritania, educado en Mali, formado en la Escuela de Cine de Moscú y residente en Francia. La película está ambientada en las proximidades de la ciudad milenaria de Tumbuctú, la perla del desierto, y describe la alteración que se vive en una pequeña aldea cuando llegan a ella unos locos de Dios dispuestos a imponer su barbarie. Es una serena reflexión sobre cómo una sociedad que vivía de acuerdo con su fe, sus costumbres, su forma de vestirse o divertirse, de la noche a la mañana se ve invadida, tomada por las armas, y obligada a vivir de acuerdo con unas órdenes coránicas que además de mucho dolor provocan también el ridículo o el absurdo. Se impone la sharia y se prohíbe la música, fumar, jugar al fútbol, etc; se obliga a las mujeres a llevar calcetines y guantes, a vestir de negro, a ser sombras. La población se resigna o se rebela, pero todos sufren esa llegada y a unos cuantos les cuesta la vida.

Esta película serena, repleta de belleza, es al mismo tiempo y paradójicamente un puñetazo en el estómago del fanatismo, un grito en medio de la oscuridad,  pues como dice su director “si porque es peligroso gritar, dejamos de hacerlo, terminaremos dando la razón a quienes propagan el terror y el oscurantismo”. Desde mi cómoda situación, me admira la valentía de este director, de esos actores, muchos de ellos gente de la zona, porque desde dentro se atreven a hacer frente, con serenidad y arte, al determinismo de  la barbarie. Seguramente les acusarán de traidores, de vendidos, les obligarán a vivir con miedo, intentarán debilitarlos y también en eso se estarán equivocando, porque, como dice Abderrahmane Sissako, es de la fragilidad de donde nace frecuentemente la creación.

Se entiende que esta película aparentemente ingenua incomode tanto a los yihadistas, en ella se dignifica el dolor y se ridiculiza la barbarie. Y, aunque la belleza y el amor están claramente del lado de los buenos, también los yihadistas se ven humanizados por el humor, y quizá ahí sea donde más les duela: el rapero belga incapaz de explicar en un vídeo por qué escogió el camino de Dios, el grupo de yijadistas que discuten apasionadamente sobre si es mejor Messi o Zidane mientras prohíben jugar al fútbol, el terrorista que ofrece un té de bienvenida al rehén que va a ser ejecutado una hora más tarde, el yihadista que fuma a escondidas y en un momento de debilidad o de nostalgia se acuerda de que fue bailarín antes que guerrero y nos regala una coreografía, etc. Son pobres fanáticos inconscientes, pero no por eso inocentes, del dolor que causan. Cuesta creer que muchos de estos jóvenes criados en Europa y dispuestos a matar en nombre de Dios renieguen de las libertades de Occidente, de nuestros besos, para echarse en brazos de una sumisión tan mezquina como abyecta. 

Después de ver  Timbuktú uno se siente consternado y dolorido por esos millones de personas que en África o en Asia se ven obligados a vivir bajo tales condiciones de violencia y fanatismo. También por esos niños que aquí en Europa, en esas pequeñas dictaduras y grandes infiernos que son muchos de nuestros hogares, están siendo educados en el odio a sus vecinos y en el rencor a sus maestros. En fin, si tienen ocasión, no dejen de ver Timbuktú, es solo una película sencilla, noventa minutos de valor, dolor y belleza, quizá demasiado poco para tanta estulticia como nos rodea, pero, no olviden que si bien un beso no puede cambiar el mundo, al menos sí puede cambiar una vida. 

lunes, 13 de octubre de 2014

La segunda vida de las cosas


Hace unos años cuando llegué a esta ciudad tan desordenada y verde, me llamó la atención lo variopinto del personal y lo elevado de los sueldos. Un día me presentaron a una mujer de ojos claros que estaba aprendiendo español y había estado varias veces en Extremadura, cuando, después de unos minutos, se dio la vuelta, quien me la había presentado añadió los datos de su cargo y de su sueldo. No volví a oír hablar de ella hasta que unos meses después me contaron que había reservado un puesto en una brocante porque se trasladaba y quería vender todo lo que no pensaba llevarse. Me extrañó que una señora de aspecto tan distinguido y situación tan desahogada en vez de regalar o tirar lo que no le servía se pusiera a venderlo en un mercadillo de segunda mano. Una amiga muy cercana contradijo mi asombro con el argumento de las diferencias culturales, pero como esta amiga tiende a meter en el saco de esas diferencias todos los comportamientos para los que no encuentra mejor acomodo, me siguió pareciendo el de aquella señora un gesto poco apreciable. 
Sin embargo, el paso de los años y este derroche de plástico y de consumo me están llevando a plantearme muchas cosas, entre ellas, el gesto de aquella mujer, el juicio de mi amiga y el sentido de esos mercadillos de cosas usadas que son las brocantes. Aquí son muy populares, todos los fines de semana hay alguno en alguna parte, cada barrio, cada localidad tiene el suyo, también otras veces en Extremadura cada pueblo tenía su feria de ganado y algunas eran particularmente apreciadas incluso más allá de la comarca (guardo como oro en memoria el recuerdo de un niño montado en una mula una madrugada de finales de agosto camino de la Feria de San Agustín en Valdefuentes). Nuestras ferias se han perdido o llevan camino de ello, pero aquí estos mercados de pulgas cada día tienen más aceptación y un público cada vez más joven y heterogéneo.
Además, el mercado de las cosas usadas tuvo siempre un peso importante en la economía, luego llegó la fabricación en serie, la deslocalización, etc., y nos deslumbramos con lo nuevo. El historiador del arte medieval García Mansilla tiene publicado un texto sobre el mercado de objetos de segunda mano en la Valencia bajomedieval que es muy esclarecedor sobre la importancia de este comercio. Analizó los protocolos notariales y las actas de diversas magistraturas locales, como el Justícia o el  Governador, y llegó a la conclusión de que diariamente había subastas de bienes de segunda mano que servían para saldar las deudas de individuos insolventes, o bien, tras la muerte de alguna persona, para obtener dinero en metálico con el que liquidar cuentas pendientes y pagar el entierro. También llegó a la conclusión de que todo tenía un precio, y de que todo, por pequeño e insignificante que pareciera, encontraba comprador.
Es verdad, sin embargo, que en ciertos ambientes este tipo de comercio está muy mal visto, que se mira a quienes compran en los mercadillos o en los rastros por encima del hombro, gente pobre y de gusto dudoso, se dice, frikis y extravagantes. También la sospecha suele estar detrás de los que venden y de lo que se vende. Pero dada la salud ambiental de nuestro planeta y el comisario elegido para velar por ella en Europa, quizá haya llegado la hora de cuestionarnos ciertos hábitos y algunos prejuicios. Por ejemplo, ese afán por estrenar sin reparar en la calidad o la necesidad de lo estrenado, parece que nos hubiéramos acostumbrado al estrena y tira; nos aburrimos de las cosas con la misma facilidad con la que las reponemos, combatimos el tedio consumiendo mientras entretenemos el tiempo con la desocupada ocupación de ir de compras, le concedemos al verbo desechar un efecto catártico, tiramos para sentirnos bien, para hacerle sitio a lo que vamos a tirar dentro de poco mientras cargamos de connotaciones negativas palabras como arreglo o remiendo. Se nos llena la boca de desarrollo sostenible pero al mismo tiempo minimizamos la vida de la cosas. Quizá sea eso lo que me gusta de las brocantes, la segunda oportunidad que se le da a los objetos. El reciclaje es una feria permanente y la habilidad de cada uno para renovar lo viejo, al contrario de lo que nos han hecho creer, vale mucho más que todas esas baratijas orientales de cumplidos innecesarios y gusto dudoso.


No sé si quienes venden en estos mercadillos de segunda mano lo hacen para poder comer, para liberar espacio o para sacarse un dinero para un caprichito, pero paseando por ellos uno llega a la conclusión de que casi todos los objetos pueden tener una segunda vida. También de que muchos de ellos pese al paso de los años conservan la calidad y la calidez del buen gusto y las cosas bien hechas. Quizá la conciencia ecológica también pasa por ahí, por darle efectivamente más importancia al valor que al precio, a lo bueno que a lo nuevo, y por mandar a la quinta puñeta a los escrupulosos de Marigargajo y los viciosos del estreno.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Melancólicos otoñales


Oigo decir que televisiones de medio mundo están emitiendo reportajes sobre la venta de pueblos fantasma en España. Ghost villages del interior a precio de saldo. “Miles de aldeas españolas abandonadas se venden por menos de la mitad de lo que cuesta una plaza de garaje en Londres”, era un titular del Daily Mail de hace unos meses. Dicen también que estas emisiones han despertado tanta curiosidad que se puede hablar de una avalancha de interesados. Los potenciales compradores son, sobre todo, suizos, alemanes, rusos, chinos y estadounidenses. Hablan los periódicos de las dificultades del crédito, de lo arriesgado del negocio, y yo me pregunto qué andarán buscando los interesados en ese abandono.
También en el pueblo en el que vengo pasando algunos de mis mejores días de estos últimos años, un suizo se ha comprado una casa. Es una construcción baja, de una planta, una casa humilde en cuya puerta hay siempre aparcado un pequeño utilitario. Me comentan que es un hombre solitario que sale a pasear cada mañana, que come mucha fruta. También dicen que le han oído contar que ha recuperado la calma.
Oígo hablar de estos pueblos abandonados en estos días de comienzo de estación y pienso en la calma del suizo, en los días de la infancia y en los melancólicos otoñales. Los atardeceres de finales de septiembre son ya el preludio del abrigo de marta cibelina, los días empiezan a menguar, la luz palidece y la noche nos coge desprevenidos cada tarde.
Escribe Borges en Inquisiciones que el atardecer es el conflicto de la visibilidad y de la sombra, es como un retorcerse y un salirse de quicio de las cosas visibles. Nos desmadeja, nos carcome y nos manosea, pero en su ahínco recobran su sentir humano las calles, su trágico sentir de volición que logra perdurar en el tiempo. Son esos ratos de conflictiva visibilidad los que con más empeño persisten, ciertas tardes de las que a veces, incluso, cuesta reponerse. Estampas de un entonces más añorado que vivido, menos feliz que melancólico, pero también mucho más hospitalario que este aluvión de días en desabrigo. En esa colección de atardeceres, el arranque del otoño y los niños de pueblo siempre llevan ventaja
Con septiembre vuelve la alegría siempre pasada de la sementera, el tintineo de las esquilas, niño, cierra la puerta, y al pasar el atajo aquel olor espeso de cagalutas y silencio, el ruido de las herraduras sobre las piedras antes de que convirtiéramos las calles en carreteras, las tardes de chopos y de gachas, la berrea, la torre y los vencejos. También el recuerdo de las niñas jugando al corro en la plaza, la dulcedumbre triste de aquellas cancioncillas monorrítmicas y sentimentales, La señorita Carmen que creída está, se va a volver loca de tanto pensar, si piensa en Luisito, Luisito no la quiere y la pobre de Carmen de pena se muere...
Y sin embargo, hay cada vez menos gente en nuestros pueblos, menos jóvenes, cierran las escuelas y concentran a los niños. Los pueblos sólo se tonifican con las vacaciones del verano, pero se acaba agosto y con el sabor dulce de los melocotones se van también las voces de los chiquillos por la calle, el peligro de las bicicletas, las toallas, y otra vez el sosiego denso de los pueblos silenciosos. De nuevo el trágico sentir de volición, el deseo de escapar, la llamada del retorno, el entonces y el después. 
Pienso en esos pueblos abandonados de España mientras buceo en el vacío azul de las palabras y me pregunto, qué cementerio de elefantes, qué mina de marfil andarán buscando esos potenciales compradores, cuánto le durará la calma al suizo, acaso la quietud de fuera ayuda a encontrar el sosiego que por dentro se anda buscando, cómo serán los septiembres de los niños sin pueblo, quién se hará cargo de tanto abandono. 

domingo, 27 de abril de 2014

Volver para ver


Salir para ver. Escribe Antonio Muñoz Molina en ese ejercicio de sentido común que es Todo lo que era sólido, que "sin que nadie me alentara ni me contara historias sobre el mundo exterior yo quise irme desde niño", porque sí, por gusto, por la novelería de sentirse extranjero, que esa fue una de las ensoñaciones más antiguas de su vida, desde que de niño se asomaba a los miradores de Ubeda y deseaba saber qué habría al otro lado de la sierra de Mágina. Al leerlo veía a otro niño en sus días de Robledillo, un espectador de la expectación con la que se recibía en el pueblo los primeros domingos de verano aquel autobús del tío Moisés que llegaba de Barcelona repleto de paisanos emigrados y de abrazos. Volvían llenos de júbilo y con regalos, traían también palabras nuevas, noi, adeu, pelas, plegar, llegaban con sus primeras vacaciones pagadas, exultantes, siempre con ascensos y un apetito voraz.

ERA UN GOZO efímero que empezaba a claudicar con el paso del verano; de viernes en viernes, el pueblo se vaciaba de gente y de alegría, desde la misma esquina o desde otra, en el mismo autobús o en los coches particulares de los más prósperos, el niño aquel los veía partir con las cantimploras de aceite, de vino, los manojos de orégano, las aceitunas, las bacas repletas de cajas de cartón y maletones, los besos atropellados y repetidos. Parecía imposible que en aquellos coches pudieran caber todos y todo, pero al final, tras los reproches y los apretujones, entraban todos e incluso los encargos; y otra vez más besos, los últimos, los pañuelos de la mano, el humo de los tubos de escape. Sí, al final se iban, y con ellos se llevaban el mundo que estaba más afuera, y el niño melancólico los veía alejarse en una espera larga e interminable como el invierno, sin más horizonte que el deseo y el coche de línea que cada tarde al pasar, ¡Doña María !, la cacharra, anunciaba, todos de pie, en fila, las tablas de multiplicar, cantando, el final de la escuela.

No creo que las personas tengan que estar atadas a sus territorios de origen. Hay quien desea quedarse igual que hay quien desea irse y las dos actitudes merecen respeto, dice Muñoz Molina. Al que quiere quedarse es delito expulsarlo, o hacerle la vida tan difícil que no le quede más remedio que intentar el destierro. Al que quiere irse no es lícito cerrarle la frontera ni llamarle desertor. Cada uno es como es. Incluso, dice el escritor, he leído que en cada especie están repartidos genéticamente el impulso de irse y el de quedarse, de manera que sean mayores las posibilidades de supervivencia. Tal vez sea así. Sí, seguramente es así, y, sin embargo, en cada partida y en cada regreso uno se va educando y siempre es otro y siempre el mismo, consigo lleva el gozo y la penitencia.

LO DIGO AHORA que estoy, que me educo paseando por las calles de Cáceres, que disfruto de espacios redivivos, del gozo de mirar desde el café de los siete jardines, de sentarse en el olivar de la judería, de la voz de un muchacho con guitarra en los estribos de San Mateo. Ahora que celebro la vuelta caminando por Monfragüe, que me cruzo con cientos de turistas que disfrutan con los algodonales de jaras, las lomas malvas de cantueso, el vuelo de milanos y alimoches, la sombra del ojaranzo, el agua fresca de la Fuente del Francés, los acebuches centenarios.

"No creo que las personas tengan que estar atadas a sus territorios de origen" dice Muñoz Molina y sin embargo, qué lazos invisibles son esos que no se aflojan, que se ajustan en cada primavera, en cada vuelta, a cada instante aquí y en el recuerdo. Sí, salimos para ver y para dejar de ver, pero sobre todo para ver cuando volvemos. Lo hacemos ilusionados, relamiéndonos de camino "con las mieles de las mieles de los goces", y así, hasta que de pronto, también descubrimos nítidos, agazapados, intactos los miedos del entonces.

domingo, 13 de abril de 2014

La luna y el yunke

Foto: Olivier Bruniels Fuuuuuuuuuuuuuuuuu, les photos bruxelloises

El 25 de mayo son las elecciones al Parlamento Europeo. Si no fuera tan considerado con la voluntad de los otros, les incitaría a que votaran, les diría que en esta ocasión el Parlamento va a tener más poder, que por primera vez desde el Tratado de Lisboa su voto va a contribuir a determinar quién será el presidente de la próxima Comisión, etcétera.

Les diría también que si les desanima el frío que hace adentro, piensen en el que hace afuera; que las opciones son varias y siempre hay alguna preferible a las otras, y más cosas parecidas. Sin embargo, ¿quién es nadie para decir a otro alguien lo que tiene que hacer? ¿Cómo invitar a un circo en el que las instalaciones cada día chirrían más y los payasos cada vez hacen menos gracia? En estos días en Bruselas ha habido, como siempre, cientos de reuniones. Me entero de ellas, como ustedes, por los periódicos y casi a mi pesar.

Sin embargo, dos de estas han llamado particularmente mi atención. Una multitudinaria, con mucho ruido y no sé si con mucho eco; la otra más sorda, casi con sordina, aunque probablemente de mayor alcance. 

La primera. Hace unos días las calles de Bruselas se llenaron de sindicalistas venidos de muchas partes de la UE. Los había convocado la Confederación europea de los sindicatos, respaldada, entre otros muchos, por UGT y CCOO. El lema de la manifestación, a la que asistieron Cándido Méndez y Fernández Toxo, era "Un nuevo pacto para Europa. Luchando por la inversión, empleos de calidad e igualdad". Las pancartas decían cosas como "personas, no beneficios", "medidas de austeridad igual a pobreza duradera", etcétera.

Criticaban la política de austeridad y los recortes en la Unión Europea, la manera como están gestionando los políticos la crisis, las medidas antisociales que se han tomado hasta el momento, etcétera. También clamaban por una Europa más unida y sobre todo más social. Las cifras de asistentes bailan, ya saben, para unos no eran más de quince mil, para otros no eran menos de cuarenta mil.

Y también, como suele ser frecuente en estos casos, hubo fuertes medidas de seguridad, los helicópteros sobrevolando la marcha, los cordones policiales, los botes de humo, los palos, dados y arrojados, los contenedores, los extintores, los cristales, etcétera. La ciudad quedó colapsada y los atascos duraron hasta bien entrada la tarde. Sin embargo, aún no he oído decir que la próxima tendrían que celebrarse en una pradera a las afueras, o prohibirla directamente. Hay derechos que por aquí, hasta ahora y por lo que sé, no se cuestionan.

La segunda reunión ha sido mucho más reducida y, sin duda, también menos ruidosa. Asistieron, por lo que leo, Juncker, Shulz y Guy Verhofstadt . Ya saben, los cabezas de lista de los populares, socialistas y liberales. Hay más candidatos, pero como dijo alguien con más sorna que gracia, estas son las tres patas del banco que cuentan con el beneplácito de los otros bancos.

Por lo visto, hay un acuerdo tácito entre estos tres grupos, el más votado será el primero que intente reunir en torno a él la mayoría parlamentaria que nombre al presidente de la Comisión. O sea, que no hace falta ser adivino para prever que, o bien Juncker o bien Shulz, será el sustituto de Durao Barroso.

Y alguno de ustedes se preguntará, y si es así, ¿qué pinta el invitado? Dos posibles explicaciones, una para que le inviten y otra para que acepte la invitación. La primera, Juncker y Shulz invitan a Guy Verhofstadt porque, aunque parecen tenerlo todo bien atado, no las tienen todas consigo. Como cada vez son más los críticos y euroescépticos de uno y otro lado, desconfían de que al final entre los dos no alcancen la mayoría absoluta y el negocio se les venga abajo. Además, me temo, también desconfían de los suyos propios. Me explico, como el voto es secreto y la unidad de Europa inversamente proporcional a la fuerza de sus nacionalismos, ni uno ni otro quiere arriesgarse a que al final algunos de los suyos termine votando al otro por paisanaje en vez de votarle a él por coincidencia ideológica. Visto así, un pacto entre tres siempre es más seguro, vendría a ser una doble vuelta en la cerradura del acuerdo.

¿Y el invitado, por qué va? Sin duda porque le interesa. El interés puede ser que una vez que hayan elegido al sucesor de Barroso como presidente de la Comisión, habrá que elegir al presidente del Parlamento Europeo, y ese puesto puede estar reservado para Guy Verhofstadt, el líder de los liberales. Será un premio menor, pero le mantiene en la pomada. Demos tiempo al tiempo, aunque yo no lo descartaría.

Y entre lo previsible, una reunión y la otra, las dudas y el cansancio. Si todo está más o menos pactado y decidido, ¿qué sentido tiene todo este circo?, ¿tan bien insonorizados están los despachos de nuestros dirigentes que no se oyen las voces de la calle?, ¿tan amarradas tienen las bridas que no les asusta el nervio del caballo? ¿Y los ruidos de sables en Kiev o Sebastopol, tampoco los oyen o también los tienen afinados? ¿Cuándo van a dejar en paz esa palabra tan hermosa y respetable que se llama austeridad? ¿Y si estuvieran en la luna, con su polisón de nardos y sus senos de duro estaño?

Pienso en la fragua de Lorca y me acuerdo del yunke de Bakunin, el libro de COU, la letra tardíamente adolescente, algún día el yunque, cansado de ser yunque, pasará a ser martillo. La impresión de lo fatal, que no tengamos que lamentarlo.